ESTA VEZ, LA VIDA, IBA EN SERIO...

 Cuando la vida nos cambia sin que lo decidamos, como poco, nos ponemos en alerta. Cuando pensamos que la vida nos cambia a mejor, lo celebramos.

Pasan los días y por fortuna, muchos acontecimientos que celebrar. Brindamos  por lo que viene cuando se trata de un nuevo empleo, brindamos por haber salido  aquella noche que no nos apetecía y gracias a eso haber conocido a esa persona que parece que nos ha robado el  corazón.

   Si soñamos con cambiar de estado civil y nos piden matrimonio, brindamos. Si Hacienda nos devuleve dinero, también brindamos. Cuando nos hacemos un selfie y lo colgamos en facebook sin tener que repetir la instantánea, ahí brindamos. Si nos toca la lotería brindamos. A lo loco brindamos si se trata de hacerse ricos.

Y ahora que mi vida ha cambiado un poco sin que yo lo decidiera, me doy cuenta de que llevo treinta y dos años olvidándome de algo.  Años brindando por las recompensas que consigo, años celebrando los premios y los regalos que me da la vida, olvidándome de que el mejor regalo, ya lo tengo. El premio era esto, la puta VIDA...

Y yo que soy poco mística (o nada). Que no encomiendo mi vida al destino ni a la suerte y que soy racional y algo escéptica, me sorprendí a mí misma cuando hace una semana lo único que resonaba en mi cabeza era: "la vida, joder, que la vida se nos va y esto es lo que realmente importa, coño". (Podría escribirlo sin tacos, pero esto sería faltar a la verdad ¿Qué le hago?)

La vida se nos va y esto es lo que realmente importa. Y tuviste que irte tú para que yo me diera cuenta de esto...

Viviría equivocada treinta y dos años más si así lo de siempre no hubiera cambiado, pero esta vez iba en serio. La puta vida esta vez no dio tregua. Y tuviste que irte tú para que yo recordara que la primera vez que comí clavos fue contigo. Sí, los clavos de tu paella. Yo nunca había visto esas cositas negras y por eso las apartaba a un lado del plato, además que siempre me parecieron insípidas. Otro recuerdo poco rimbombante que se me viene a la cabeza es aquella vez que me cortaste el pelo. Bueno, quiero decir, aquella vez que me cortaste el pelo y parecía un niño gordito. Yo estaba en preescolar y se conoce que tenía piojos ¡vaya cuadro aquello! También recuerdo los paseos en pijama de una casa a otra, poco elegante aquello quizás, pero es que así era mi vida contigo. Una vida normal, sin aderezos.  Era lo de siempre. Las voces entre la hiedra, las copas de vino, las conversaciones en el porche, La Jábega y hace un mes, aquella charlita tan buena en la cocina...

Y tuviste que irte para que yo me diera cuenta de que quiero brindar por los clavos insípidos de la paella, por los piojos, por las charlas en el porche y por los paseos en pijama. No necesito fuegos artificiales para recordarte.

Hoy en nuestro particular Circo hay más payasos tristes que de costumbre pero la melodía de tu piano sigue sonando en mi cabeza. La música de ese piano no se  va a parar nunca y eso sólo puede significar una cosa: THE SHOW MUST GO ON!

(Aunque cueste, seguiremos brindando por ti. Seguiremos celebrando la VIDA)

A mi tío Ricardo.

                                                                                                                                                                                   5 de mayo de 2017

 

 

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