Los personajes de mi vida

Estudiar Interpretación en una Escuela de Arte Dramático superar 1,60cm de estatura y que tus medidas no sean 90-60-90 tiene su aquel... Sí señores, tiene su aquel porque si no cumples esos dos requisitos, tienes todas las papeletas para "comerte con papas" durante los cuatro años de carrera todos los personajes que se llamen algo así como: Madre, Vecina 1, Mujer 2,  y/o Anciana... y esa fue mi suerte, señores. Empecé a formarme como actriz haciendo alguna que otra "mujer" que Lorca con tanto amor escribió (señoras que me doblaban la edad en su mayoría), alguna de Ionesco, de Casona... En fin, a medida que avanzaba mi paso por la Escuela mi amplio abanico de personajes femeninos bastante mayor que yo y, bastante mayor que mi madre iba aumentando y esto a mí, me ponía un poco nerviosa, la verdad. Bueno, también me enfadaba un poco, todo hay que decirlo ¿Por qué no puedo yo ser "La novia" de Bodas de Sangre, eh, por qué no? pues nuncá lo fui, oye... Pero eso sí, llegué al último curso y el profesor de tragedia dijo "y Laura Río hará... Elena de Troya" "Toma yaaaa, la guapa" eso dije yo en voz muy baja pero con una emocíón que aún la recuerdo como si fuera ayer. En ese mismo momento también me acordaba de todos lo que me habían ido encasquetando a todas las viejas del reparto año tras año. Menudo reto tenía yo por delante ¡interpretar a una mozuela!

Afortunadamente, de todo se aprende y, todo (o casi todo) sirve para algo, aunque bueno, el mejor consuelo, ha sido darme cuenta de que "la vida real" es diferente. En la vida real, es importante que la edad del actor vaya acorde con la del personaje (aunque en Al salir de clase se lo saltaran a la torera) y cuánto he disfrutado con los personajes que la vida real me ha regalado. El primero que me enamoró fue Lola; Una mujer escrita por Carlos Rico y dirigida con mucho amor por Alejandra Nogales. Mi Lola no tenía hijos porque tenía castings que hacer; amaba su profesión por encima de todas las cosas. Llegar a Microteatro unos años después de la mano de Ramón Salazar ya sonaba a algo maravilloso pero que encima pudiera hacerlo metiéndome en la piel de una divertida y acomodada cristiana que habla de religión, homosexualidad, hipocresía y cipotes de potrancos entre otras joyas, ha sido probablemente la experiencia más corta pero la más exprimida, la más disfrutada desde el primer ensayo y la que volvería a repetir mañana mismo si pudiera porque la recuerdo a menudo con risas y ganas. Luego llegó Isabela, la mujer fatal que Saúl F. Blanco había escrito para mí. Sí, como lo leen, señores que sólo me dabais viejas, sepan que hay un joven autor español que un día pensó en mí para ponerle cuerpo y voz al personaje que más alegrías me ha dado hasta el momento, porque ver crecer un proyecto que nace en el salón de casa y entre amigos, es lo mejor de esta profesión. Que Isabela y Bosco llegaran al Hall del Lara fue nuestro Max. Que alguien confiara en mí, a pesar de lo difícil que fue el proceso de ensayos para que yo defendiera a una tía de armas tomar encima de un escenario son retos que a una, le dan la vida y Noches de Acero fue eso, puro reto y crecimiento. Y ahora, cómo estoy disfrutando ahora de Marta, qué ganas de que sea ya 12 de marzo, qué ganas de que vengáis a Microteatro por Dinero y qué ganas de que podáis ver qué está haciendo conmigo Diego Sabanés.

                                                                                                                              2 de marzo de 2.014

 

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