Tánger, el segundo hogar.

Pues sigo escribiendo de viajes ¿Y por qué? pues esto no lo sé muy bien, pero como se me llena la boca cada vez que hablo de Tánger hoy me he dicho," voy a dejarle claro a todo el mundo por qué adoro esta ciudad". Probablemente os de igual, probablemente estéis pensado que estoy confundiendo "diario" con "blog", probablemente muchos de vosotros ya conozcáis Tánger y probablemente no influya mi visión de esta ciudad en lo que vosotros pensáis, pero digo yo que a lo mejor, a aquellos con prejuicios a la hora de bajarse al moro se les despierta un poco el gusanillo y se plantean lo de cruzar el estrecho...

Ahora es cuando mi cabeza empieza a volar y a recordar todos mis momentos tangerinos; os estoy avisando porque quizás os aburra leer cuándo fue la primera vez que visité Marruecos, qué me pareció el olor de esa ciudad, qué pienso de las playas o dónde probé el mejor cous cous del mundo. Si veis que esto no os va a interesar, podéis dejar de leer y tan amigos, pero ya que he llegado hasta el segundo párrafo, tengo que seguir porque sé que esta vez, es mi padre el que seguro que me va a leer.

La primera vez que pisé Tánger fue con tres o cuatro años. Lo que más me impactó fue el fuerte olor a pescado del mercado mezclado con el de las carnes que por ahí colgaban; aún recuerdo la sensación que aquella mezcla de olores me provocó tras cruzar el arco del "Zoco Grande". Lo cierto es que, esto me disgustó un poco, no terminaba yo de entender por qué aquella ciudad olía así y por qué aquellos lugareños con trajes raros se acercaban a hablarnos si éramos completos desconocidos, pero volví. Volví a Tánger al año siguiente, básicamente porque con cinco años no tenía una mucho poder de decisión pero, de haberlo tenido, poco podía hacer yo ante la decisión de mi padre: "Nos vamos a Tánger a pasar la Nochevieja", así nos lo soltó y así lo hicimos. Y todavía me acuerdo yo de ese viaje en barco (en el de tres horas, porque esta cosa de cruzar el estrecho en media hora como pasa hoy en día, antes, no era posible), así que allí estábamos, embarcados en el "Ibn Battuta" y sentados en aquel salón rojo del piso de arriba, aún recuerdo como mi padre me decía "Cuando seas mayor apreciarás los olores de Tánger. Aquí el pescado huele a pescado, la carne huele a carne y la fruta y la verdura huelen a fruta y a verdura, y lo mejor de todo, el pescado sabe a pescado, la carne sabe a carne y la fruta y la verdura, saben a fruta y a verdura. La gente no viste ropas raras, la gente lleva chilabas y cuando seas mayor estarás frita por ir a una boda y poder vestir un precioso caftan, así que no quiero ninguna rabieta de niña pequeña cuando bajemos del barco. Ah, y la gente te habla porque somos vecinos, apenas nos separan 14,4 km ¿Dónde te creías que estaba Tánger?". Y una, a pesar de los cinco años que tenía en ese momento y del mareo considerable que iba aumentando por culpa de las agitadas aguas del océano, supo que aquella misteriosa ciudad se convertiría en un rincón muy especial, y así empezó mi romance con ese lugar que un día fue ciudad del protectorado español. Ya decía yo que, tan diferentes no éramos...

Lo que más me gusta de Tánger es su tranquilidad. Sí señores, he dicho tranquilidad. Tranquilidad para pasear por el "Boulevard Pasteur", tranquilidad para perderse por las callejuelas de la "Medina", tranquilidad para tomar té en el bazar de algún desconocido, tranquilidad para caminar por el "Zoco Chico" o subir dando un paseo hasta la "Kasbah". También me gusta mucho la hospitalidad de aquellos lugareños. Me gusta saber que tengo amigos (casi familia algunos de ellos) en Tánger, también me gusta saber que puedo volver cuando quiera y que alguien me espera, me gusta recordar aquellas noches de verano correteando por casa de Mahmud y Nassía, las comidas en el campo, el primer amanecer que vi en el "Haffa Café", aquellos bodorrios marroquíes, la casa de la playa  y los primeros guateques de adolescentes... Qué bien me lo he pasado  ¡Y lo que sigo disfrutando del norte de mi sur, oigan! Cuánto me gusta volver, cuánto me gusta saludar a la gente por la "Medina" y disfrutar de esos olores, comer aceitunas de colores, cruzarme con gente con babuchas, vendedores de teteras, hacer un alto en el camino y cambiar una caña por una "Flag" bien fresquita, subirme en un taxi con cuatro o cinco personas más (no siempre conocidas) y llegar a Asilah, ir a la Playa de "Las Cuevas", que me hagan el lío y me quieran vender la moto, que me digan "¿Qui pasa, visina?", tomar un té en la cinemateca, comprar especias, oir a la gente decir "yahla, yahla", la música en vivo de mis amigos en el "Chellah Beach Club" y que aquellos hombres con chilabas y esas mujeres pintadas de "henna" me digan "salam malecun" y decir "¡coño, estoy en casa!". Así de bien me siento yo cuando me bajo al moro.

Y como no quiero esperar a tener hijos para transmitirles lo que mi padre me enseñó a mí de esa maravillosa ciudad, me pongo pesada invitando a mis amigos a ir una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez... pero todavía no conozco a ninguno que me haya dicho "ups, esta ciudad no es para mí".

Gracias, papá, por hacer de esos primeros viajes a Tánger que para ti eran de negocios, los mejores de mi vida.

Imagináos que esto es un banner de esos y pone "Si quieres viajar a Marruecos y no sabes cómo, entra en www.viajesmaster.com y te aconsejarán mejor que nadie porque adoran lo que hacen, porque adoran Tánger".

                                                                                                                                                                                         6 de febrero de 2.014

 

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